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lunes, 5 de diciembre de 2011

HISTORIAS DE SESY BO  «UNA PRISIÓN»

Aún no contaba 4 años que tuve la experiencia de sentirme entre rejas, cierto que cuando me ponían en el pollo de la ventana del comedor no me desagradaba porque podía distraerme con la gente que pasaba por la calle y siempre había alguna vecina que se paraba para acariciarme mi sonrosadas mejillas o mi pelo con tirabuzones dorados y como me decían cosas bonitas me sentía querida.

Lo malo de está situación es que quedaba encerrada entre los barrotes de la reja y los porticones de la ventana, de tal forma que no había espacio para moverme y como pasaba muchas horas allí encerrada, cuando llegaba el sol justiciero del verano, me moría de sed y entre la sed, y la incomodidad, me hacían ponerme nerviosa, no gritaba ni lloraba, simplemente pensaba como escapar de allí y no se me ocurrió otra cosa que sacar mi cabecita entre los barrotes con tan mala suerte que luego no la podía sacar.

Entonces, viéndome atrapada, lloré amargamente sin gritar porque comprendí que nadie a esa hora me iba a oír, sollocé en el alma como ya tenía costumbre, intenté sacar la cabeza pero las orejas no me dejaban, por cierto que ya las tenía grandes y entre el esfuerzo por sacarlas me las herí y no recuerdo más porque el calor y los nervios me hicieron perder el conocimiento.

Cuando llegó mi abuela de trabajar en el campo me halló desmayada y se llevó un susto de miedo, pero Sesy Bo despertó con el ruido de un soplete del herrero que intentó separar los barrotes para sacarme mi cabeza, cosa  que no tardó en hacerlo.

La abuela me tomó en brazos y me acariciaba la carita y me besaba como con pena de haberme dejado de aquella manera.

Yo estaba muy asustada y solo pensaba que tenia sed y hasta que con mi lengua de trapo no entendieron que estaba sedienta, solo me daban caricias.
No recuerdo haber recibido tantas caricias y besos como ese día.

Al cabo de varios años cuando recordaba este hecho, lo escribí en mis memorias como el día más extraño de mi vida, medio muerta a medio día y recubierta de amor a la tarde, pero aprendí…
Que los niños somos imprevisibles y que nos podemos dañar con la cosa más segura y otra que nunca dejaría  a mis hijos encerrados en una pequeña prisión para yo poder que dar libre de cuidarlos.

La vida nos enseña a golpes, no añadamos más de los que tiene.




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